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17 abril 2013 |
José Luis Sampedro acaba de fallecer a la edad de noventa y seis
años. Su desaparición supone la pérdida de una persona de gran talla
intelectual, en la que se unían las facetas de escritor, economista, y
pensador, lo que le había conducido, sobre todo en los últimos tiempos, a
convertirse en un referente clarividente como crítico del capitalismo.
En su trayectoria destacan su coherencia, y su compromiso ético con el
conocimiento y con la realidad.
Para darnos una idea de lo que Sampedro significó en España, sirven
sin lugar a dudas las palabras de Edward Said en su magnífica obra
“Cultura e imperialismo”: “En 1980 las muertes de Jean Paul Sartre,
Roland Barthes, I. F. Stone, Michel Foucault, Raymons Williams y C. L.
R. James marcaron la extinción de viejo orden. Habían sido figuras con
autoridad y conocimiento, cuya visión general sobre muchos campos les
daba algo más que competencia profesional, poseían, en efecto, el estilo
de la crítica intelectual”. Entre nosotros no cabe duda de que Sampedro
responde perfectamente a ese estilo de crítica intelectual y de
competencia profesional.
De modo que conviene destacar que fue un competente economista que
ejerció su función profesional en la Administración Pública y en El
Banco Exterior de España, pero su labor más destacada la desarrolló como
docente, investigador, escritor de libros y artículos de economía.
Sampedro perteneció a la primera promoción de economistas graduados en
la universidad española en 1948. Hasta entonces, los estudios de
economía no habían adquirido el estatus de enseñanza superior, lo que
Keynes en su visita a España en los años treinta del siglo XX, ya había
declarado que era un gran error. Fue en 1943 cuando se publicó en el
Boletín Oficial del Estado la creación de la Facultad de Ciencias
Políticas y Económicas en la Universidad Central, ahora Complutense.
Las enseñanzas dieron comienzo en febrero de 1944 y tuvieron una
duración de cuatro años. Como ha declarado en muchas ocasiones Sampedro,
se matriculó en la rama de economía, porque las clases eran por las
tardes y eso le permitía asistir a estas nuevas enseñanzas debido a que
por las mañanas trabajaba como técnico de aduanas, oposición que obtuvo
en los años treinta pero para la que no se necesitaba título superior.
Obtuvo el premio extraordinario y eso le permitió dedicarse a la
enseñanza a propuesta del entonces decano Castiella. Se encargó de la
disciplina Estructura Económica que modificó sustancialmente, pues los
planteamientos iniciales, que impartía Ruiz Morales, eran una geografía
económica, y aunque de esta materia sabía bastante como consecuencia de
la oposición de aduanas que había hecho, la transformó en una disciplina
que pretendía no solamente describir sino analizar.
Desde entonces desarrolló el concepto de Estructura Económica, que en
la ciencia económica ya usaban algunos autores, pero en el que aportó
novedades, convirtiendo esta categoría en un instrumento esencial para
analizar la realidad que a su vez se concebía configurada como
estructuras. De forma que Sampedro empezó a utilizar el análisis
estructural antes de que el estructuralismo se pusiera de moda, y en
economía tuviera lugar la aparición del estructuralismo latinoamericano,
que se centró en estudiar las causas del subdesarrollo en esta región
del mundo. Resultan muy llamativas las coincidencias que se dan entre
este enfoque, que tuvo su auge en la mitad de los años sesenta del siglo
pasado y hasta bien entrados los años setenta, con la visión
estructural que ya Sampedro había planteado desde los cincuenta.
El pensamiento económico de Sampedro ha evolucionado a lo largo de
los años, haciéndose sin lugar a dudas cada vez más heterodoxo y
radical. Pero siempre ha tenido un denominador común y es, precisamente,
el uso del análisis estructural para la comprensión de la realidad.
Este enfoque le ha caracterizado como un economista peculiar desde sus
inicios como profesor, pues este enfoque global supera los estrechos
límites en los que se encuentra la teoría económica convencional, sobre
todo el de la microeconomía. Esta área de estudio la conocía muy bien,
pues como señalan varias historias que se han hecho acerca de los
primeros pasos de esta facultad, fue el alumno destacado en las clases
de Stackelberg, un afamado profesor alemán, que participó desde sus
inicios en la enseñanza de la microeconomía hasta su muerte acaecida en
1946. Fue también el traductor del libro de Samuelson de introducción a
la economía, que tenía a su vez una parte considerable dedicada a la
microeconomía.
No obstante, este bagaje en su formación, sus derroteros fueron por
otro lado, sin lugar a dudas porque la microeconomía tenía muchas
limitaciones como instrumento de análisis de la realidad tal como
explicaba en las clases. Era más partidario de la macroeconomía y de la
contribución de Keynes, a la que consideraba como una fuente importante
para el análisis estructural. En el extraordinario libro “Las fuerzas
económicas de nuestro tiempo (1967) dice: “ En 1936, con su “Teoría
General del Empleo, el Interés y el Dinero, Keynes incorporó el paro a
la teoría económica clásica, consagrando la indispensable función del
Estado como ángel tutelar. La pura ciencia económica volvió a ser lo que
había sido: Economía Política. Es decir, una ciencia social”.
Sin embargo, el análisis estructural también iba más lejos que la
aportación keynesiana, al tener en cuenta el instrumental cuantitativo,
así como el análisis cualitativo, de manera que la economía no podía
dejar fuera de su ámbito de estudio cuestiones tan importantes como el
poder, las clases sociales, los grupos de presión, entre otras
relaciones sociales, así como los distintos lugares que ocupamos en la
escala social. Fue, en consecuencia, un economista un tanto heterodoxo
desde el principio de su actividad docente, pero que se ha ido
agudizando con el paso del tiempo en la medida que se hacía más crítico
con el sistema capitalista. Un sistema al que ya consideraba como una
mera etapa en el libro mencionado.
También hay que destacar que en la docencia, así como en los apuntes y
luego en su manual “Estructura Económica” (1969), escrito conjuntamente
con Martínez Cortiña, señala que la guía de la Estructura Económica
debe ser la montaña del hambre. Sus preocupaciones por el hambre, la
pobreza, la desigualdad, están presentes en sus obras sobre todo en los
años sesenta. No se limita a denunciar estos males, sino que pretende
explicar las causas de estas graves privaciones. Aunque estas
explicaciones se encuentran en las obras citadas, en donde realmente
profundiza es en su libro publicado en 1972 “Conciencia del
subdesarrollo” y que veinticinco años después he tenido la fortuna, a
petición suya, de actualizar (Taurus, 1996). También he realizado,
conjuntamente con Olga Lucas, una selección de artículos suyos escritos a
través de su vida como profesor, habiendo a su vez escrito el prólogo.
En este libro, que se ha publicado con el nombre de “Economía
Humanista”, se puede contemplar la evolución de su pensamiento, pero
también su permanencia.
Para terminar, me gustaría citar unas palabras suyas, seguramente de las últimas que escribió sobre economía, en la introducción que hace al libro “La inflación (Al alcance de los ministros)”, que me he encargado de actualizar sobre otro que había publicado en el año 1976: “Las transferencias financieras en el mercado mundial superan con mucho el valor de los intercambios de bienes y servicios, ofreciendo a los poderosos ganancias espectaculares más rápidas y cómodas, con una ventaja añadida: la opacidad de un sistema de dinero y títulos y la desregulación de la ya establecida globalización internacional que permite abordar al margen de la ley negocios tan censurables como los armamentos o el narcotráfico”. Su lucidez la mantuvo hasta el final.
Carlos Berzosa es catedrático de Economía Aplicada. Universidad Complutense de Madrid
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